“Contamos con una trayectoria de más de 15 años de experiencia acompañando procesos de psicoterapia en temas de trauma complejo y trauma vincular que han estado presentes tanto en la infancia como posteriormente en la vida adulta a través de sus secuelas.
Brindamos una psicoterapia integral que observa la complejidad de las manifestaciones de estos eventos y sus repercusiones en la vida de las personas, ya sea a través de las relaciones afectivas y estilos vinculares que establecemos, en la expresión emocional, nuestro sistema de creencias, habitos y comportamiento.
Utilizamos metodologías y técnicas de modelos terapeuticos basados en Trauma Complejo, Trauma Vincular, Focusing y Arteterapia. Incluyendo además, los aportes de terapias complementarias como las Flores de Bach.”
Como DEDÍCATE hemos acompañado tanto procesos personales y grupales, como también necesidades requeridas por instituciones educativas y de salud, en temas como manejo del estrés, acompañamiento al duelo, experiencias de autocuidado, cuidado de equipos y desarrollo personal.
Acompañamos a sanar las consecuencias que se han generado en tu vida, producto de experiencias relacionadas al trauma en los vínculos primarios y vínculos complejos actuales…
… Atendemos al reconocimiento de tus recursos y potencial personal, sacamos a relucir tus fortalezas y resiliencia.
Psicólogo Licenciado, miembro fundador de Dedícate Latiendo con Sentido, con más de 15 años de trayectoria en el ámbito clínico y comunitario, acompañando procesos emocionalmente dolorosos y experiencias complejas, que han dejado huella en la vida. Su especialización en psicoterapia experiencial, trauma en el vínculo y asociado a experiencias de violencia, lo potencia con un enfoque centrado en la focalización de la sensación corporal (Focusing), y el trabajo simbólico como herramienta terapéutica.
Psicóloga Licenciada, miembro fundadora de Dedícate Latiendo con Sentido, con más de 15 años de trayectoria en el ámbito clínico atendiendo a personas que han vivido experiencias de trauma en distintas etapas de su vida. Se ha especializado en psicoterapia sobre vínculos y apegos tempranos, trauma vincular y trauma asociado a experiencias de violencia. Cuenta con formaciones en técnicas de trabajo narrativo y de arteterapia como vías de facilitación de procesos terapéuticos.
Es como si tu mente no pudiera dejar atrás lo que ocurrió. Pueden ser imágenes, sonidos, olores o, especialmente, sensaciones corporales que vuelven de repente, sin aviso, y te hacen sentir como si estuvieras reviviendo el momento. No es que estés “recordando demasiado”, es que la experiencia no se ha podido procesar y queda activa, buscando salir.
Hay períodos de tu pasado, especialmente alrededor de momentos difíciles o dolorosos, que parecen borrosos, en blanco o imposibles de contar con claridad. No es “mala memoria”, es una forma protectora que tuvo tu mente de desconectarse del dolor en ese instante. El problema es que esas partes desconectadas siguen afectándote hoy.
En momentos de estrés o cuando te tocan ciertos temas, tu mente puede nublarse, quedarse en blanco o sentirse como “nublada”. Te cuesta concentrarte, tomar decisiones o seguir el hilo de tus propios pensamientos. Es la señal de un sistema nervioso que está en modo supervivencia, no en modo reflexión.
Un hueco profundo dentro, una falta de sentido o conexión contigo mismo que no se llena con nada externo. Puede sentirse como un adormecimiento emocional o como una ausencia dolorosa. Es una de las huellas más comunes del trauma complejo, la sensación de haber perdido contacto con tu propio centro.
No es que no sientas, es que las emociones parecen estar atrapadas bajo el hielo. Puedes saber racionalmente que deberías sentir algo, pero hay una desconexión entre ese saber y la experiencia interna. Es una respuesta de protección del sistema nervioso que, con el tiempo, se convierte en una prisión.
Tu cuerpo lleva la cuenta del dolor que tu mente no pudo procesar. Dolores crónicos (espalda, cuello, cabeza), problemas digestivos, fatiga extrema o una sensación de malestar general que los exámenes médicos no logran explicar. No son “imaginarios”; son la expresión física de una herida emocional congelada.
Acciones o reacciones que parecen salir de la nada: un arrebato de ira, una compra compulsiva, una conducción temeraria, o alejarte bruscamente de alguien. Luego, al verlas en frío, no te reconoces. Es como si una parte de ti, cargada de una emoción antigua, tomara el control por unos segundos para liberar una presión interna que no sabías cómo manejar.
Tu cuerpo reacciona con una intensidad desproporcionada (taquicardia, respiración agitada, hiperalerta) o, por el contrario, se “apaga” (quedas inmóvil, sin palabras, desconectado) ante personas, lugares o conversaciones que, de forma sutil o directa, te recuerdan una vivencia intensa. Es la biología de la defensa atrapada en un bucle.
Una pequeña frustración se convierte en una tormenta de rabia. Un pequeño rechazo te hace caer en un pozo de desesperación. Sientes que tus emociones tienen un botón de volumen que siempre está al máximo o que se encienden como una alarma de incendio ante una chispa. Es señal de un sistema de alarma emocional que está ajustado de forma demasiado sensible tras el trauma.
Te encuentras diciendo “sí” cuando quieres decir “no”, o te alejas por completo de la intimidad por miedo a ser herido. Puedes oscilar entre la dependencia y el rechazo en tus relaciones. El trauma daña el “termómetro interno” que te dice qué es seguro, qué es aceptable y cuándo estás siendo invadido o abandonado.
Te sientes como un observador externo de la vida social. Te cuesta “leer” las intenciones o emociones de los demás, lo que genera malentendidos y aislamiento. Esta desconexión nace de haber tenido que enfocarte en sobrevivir en tu mundo interno, perdiendo sintonía con el mundo relacional. También puede haber una profunda desconfianza que te hace ver amenazas donde no las hay.